El sistema financiero puede mejorar con el Papa

Diario Clarín

Por Zenón A. Biagosch Ex Director Del BANCO CENTRAL DE LA REPUBLICA ARGENTINA, Presidente De FIDESnet

08/04/13

Experta en humanidad, a la Iglesia Católica nada de lo humano le es ajeno y esa incumbencia eclesial alcanza al sistema financiero que puede y debe contribuir al desarrollo económico sustentable e integral del mundo.

Para que así sea, amén de reformas legales y técnicas, se requiere que los actores de las finanzas obren conforme principios y valores que aporten al bien común y a ello puede contribuir la intención del nuevo Papa de avivar la misión evangelizadora de la Iglesia, en tanto se extienda al mundo financiero y sus integrantes. Esa parte de la misión papal no está exenta de dificultades y desafíos, sean ad extra cuanto ad intra de la institución eclesial.

En un entorno con profundas contradicciones, entre las que se destaca la coexistencia de una plétora de riqueza material con un páramo de valores, el sistema financiero mundial alcanzó en las últimas décadas un enorme despliegue. El aumento exponencial del capital operado por un sector financiero con creciente autonomía respecto de la economía real, que reditúa rápidas y desmesuradas ganancias con operatorias que no siempre miden bien los riesgos y consecuencias del modo de obtenerlas y muchas veces guiado por la codicia y la soberbia, llevó a a cumular las condiciones de la tormenta perfecta que estalló con la crisis de 2008, que nos interpela para revisar ciertos comportamientos colectivos esenciales, tarea en la que la Iglesia Católica puede jugar un rol protagónico.

Por caso, la Santa Sede bien podría tener una representación permanente en el Grupo de los 20, que promueve respuestas a los problemas económicos de este tiempo, y contribuir a abordar aspectos subjetivos, culturales y morales que hacen a algunas causas esenciales de la crisis.

La frase “quiero una Iglesia pobre para los pobres” del Sumo Pontífice resume un mensaje acerca de la justa distribución de la riqueza que bien harían en escuchar los líderes del G20.

El magisterio del Santo Padre también puede contribuir a echar luz acerca de los mejores caminos para prevenir el crimen organizado dado que, en tanto subsista la crisis espiritual, cultural y del sistema de valores que sustenta la proliferación de tráficos criminales y sus consecuentes beneficios económicos, su prevención por medio de procedimientos habituales serán paliativos. Paliativos imprescindibles y saludables, pero paliativos al fin.

Por tanto, resulta oportuna la posibilidad de actuar sobre el componente subjetivo de la crisis, habida cuenta de su incidencia directa en la expansión de la amenaza que supone el delito económico, y en ello la Iglesia puede brindar una asistencia imprescindible.

Ad intra de la Santa Sede uno de los desafíos a afrontar es cómo seguir dando sustento financiero a las múltiples y benéficas actividades del Vaticano.

Un instrumento importante para ello es el Instituto de Obras Religiosas (IOR), mal llamado “el banco de Dios”, cuya operatoria debe ser transparente y ajustarse a normas y procedimientos que prevengan el riesgo de incurrir en errores y desvíos en el cumplimiento de su función.

La estimulante voluntad que expresó el Papa en cuanto a que la Iglesia haga real la opción preferencial por los pobres no contradice el hecho que, incluso para esa opción, se requiere dinero.

Por tanto sería plausible que el Estado Vaticano no prescinda de contar con un agente financiero, sin el cual se dificultaría la administración de los recursos necesarios para un correcto funcionamiento institucional de la Iglesia.

Si bien el IOR no constituye una entidad financiera de grandes magnitudes (administra unas 25.000 cuentas y unos 6.300 millones de euros en activos), no por ello está exenta de ser apetecible para las organizaciones criminales, cuyo objeto es intentar penetrar los sistemas de tomas de decisión más emblemáticos del mundo.

Desde diciembre de 2010, con el motu proprio dictado por Benedicto XVI, la Santa Sede inició la aplicación de una serie de medidas para alinearse con los estándares del GAFI en materia de prevención del lavado de dinero. Por caso, la aprobación de la Ley CXXVII, la puesta en funcionamiento de la Autoridad de Información Financiera (AIF) o la ratificación de importantes Convenciones de la ONU en esta materia. Si bien el GAFI reconoció que las mismas representaban un importante avance, aún existen deficiencias que deben ser subsanadas.

No obstante, el camino hasta ahora recorrido en procura de conjugar el compromiso moral con la excelencia técnica resulta alentador.

La transparencia y firmeza del Papa “del fin del mundo”, transmitidas desde su primera aparición en aquel conmovedor saludo realizado desde la Basílica de San Pedro, no dejan dudas respecto a su capacidad para atender este gran desafío ad intra de la Iglesia.

Antes bien, con Francisco se reaviva la esperanza de que la Santa Sede sea un aliado estratégico de la comunidad internacional para mejorar el funcionamiento del sistema financiero, modificar la profunda crisis de valores y sentido de este tiempo y atacar las causas del auge del neoimperialismo que es la economía del crimen, cuya capacidad de corrupción es inusitada. Todo lo que haga en ese sentido tendrá una influencia positiva de alcance global.